Revisando The Yakuza (Sidney Pollack, 1974) me he dado cuenta que, quizás, lo que atrae al espectador occidental hacia el cine de samurais no es tanto la violencia de los combates a espada como el extraño concepto del honor. Esa mística, incomprensible y (para nosotros) irracional concepción de la vida que nada tiene que ver con nuestro mundo pero que tan bien queda en el cine. Nos gusta sentarnos en una sala y ver como esos hombres hoscos y anticuados se van alejando cada vez más del mundo real por respeto a unas creencias vitales para ellos y ridículas para los demás.
Quizás sea porqué tengo predilección por estos temas, pero opino que estamos ante uno de los mejores trabajos de David Mamet. La trama es lineal, casi minimalista y pretendidamente previsible (el cartel no engaña a nadie) pero me encanta el temple con que avanza la cinta;su ritmo lángido y preciso que parece latir plano a plano, escena a escena. La película abandona cualquier espectáculo de violencia y está construida a base de miradas, silencios y unas interpretaciones portentosas. La actuación de Chiwetel Ejiofor es deslumbrante y es su serena pero tormentada presencia lo que le imprime ritmo a la cinta. Él es el núcleo sobre el que gravitan otros intérpretes en estado de gracia como Rodrigo Santoro, Alice Braga, el habitual Joe Mantegna y un sorprendentemente acertado Tim Allen.
Sin lugar a dudas Cinturón Rojo pasará sin pena ni gloria por nuestras salas, pero me alegro de haberla cazado a tiempo. No tiene nada que ver con la realidad pero durante hora y media nos hace creer que es posible vivir sin ceder a la ambición, al engaño o a la especulación de nuestra sociedad. Ya lo dice Mike Terry en su peculiar travesía: "siempre hay una salida posible". Pero quizás el único lugar donde podamos encontrarla sea en la ficción de una sala de cine.
Lo mejor: Chiwetel Ejiofor
Lo peor: que sea tan inverosímil








